Poner un huertito II

Verás como el Hada Madrina vea que tengo la calabaza llena del pulgón

Verás como el Hada Madrina vea que tengo la calabaza llena del pulgón

CEBOLLAS. Qué bonito es escuchar eso de “contigo, Pan y Cebolla”. Es como decir que uno está dispuesto a pasar penurias por otra persona o aquello otro de “a falta de olla, pan y cebolla”. Y eso sin entrar en rimas procaces, su nombre nos lo deja bien fácil. La denominación latina es mucho menos vistosa, Allium cepa, y en cualquiera de los casos viene a ser sinónimo de alimento barato, fácil de cultivar, socorrido y saludable.

La cebolla nos hace la vida sencilla. Por un lado se puede plantar en primavera, en verano y en invierno. Tarda 4 meses en desarrollarse y poder ser recolectada.  Tampoco necesita de suelos especiales, crece en casi cualquier sitio aunque, como todo, nos agradecerá que lo plantemos en una tierra rica. También va a correspondernos si le echemos sustrato por encima y que esté limpio de hiervas.

Plantaremos las cebollas dejando las semillas a 1,5 centímetros de profundidad con una distancia, unas de otras, de unos 15. También se pueden plantar bulbos y, en cualquier caso, le vendrá bien el sol. Van a necesitar poca agua, aunque estable y se recomienda no regarlas 20 días antes de recogerlas.

El bulbo de la cebolla va a crecer lejos de nuestra vista, bajo tierra pero ¿cuándo sabemos que se puede sacar de allí?. Pues una vez veamos que amarillean las puntas de las hojas tronchamos la planta, sin arrancarla, y la dejamos unos días allí. No dejemos que crezca o saldrá la flor y será demasiado tarde. Después se tienen que sacar de la tierra y secar.

La cebolla es un alimento básico de la dieta, o al menos debiera serlo. Ayuda contra el reumatismo, la gota, la osteoporosis, los problemas en el sistema urinario, el cardiovascular.

Tiene pocas enfermedades, pocas plagas y si la mezclamos con la zanahoria está cubierta ante ellas. Con el tomate y el pimiento, del que hablábamos en un post anterior, tendremos una trinidad fundamental de nuestro huerto y de nuestra alimentación

El único “pero” que le podemos poner, más allá de que guste o no su sabor, es su manía de hacernos llorar. En este caso se trata de una reacción producida por una sustancia irritante que sirve para espantar a los depredadores. Si queremos evitarlo podremos cortarla bajo un chorro de agua.

AJOS. ¿Qué sería de nuestra cocina sin él, sin el ajo?. Gazpacho, ajoblanco, salmorejo, mil sopas, mojos, aliolis… el ajo es otro viejo conocido desde la antigüedad. Tiene propiedades cuasi milagrosos, es sufrido, fácil de cultivar e incluso de mantener. Es un bulbo de olor y sabor fortísimos. Necesita un suelo rico así que si no lo tienes ayúdalo con estiércol o fertilizante. Agradece que esté bien drenado, no encharcado y, sobre todo, limpio. Aguanta bien las temperaturas extremas pero el frío lo hace un poco picante y agradece las horas de sol.

Recuerda regarlo más que la cebolla, sin encharcarlo, pero procurando que tenga su humedad

Lo plantaremos a finales de invierno o en primavera metiendo un diente de ajo, con la punta hacia arriba porque el brote sale del lado opuesto, y  mételos en agujeritos entre 3 y 6 centímetros  de profundidad. De ahí irá creciendo ese bulbo.  Procura también que esté algo distanciado del resto de ajos, unos 15 centímetros bastarán.

En agosto toca desenterrar los bulbos y secarlos, si no lo haces germinarán ellos solos incluso sin tierra ni agua. Hazlo en cuanto las hojas de la planta que están en el exterior se sequen. Es mejor que no llegue a salir la flor porque le quitaría fuerza al ajo. De todas formas, si sale, puedes utilizarla para echarla en ensaladas. Está deliciosa.

Una vez tengamos esos dientes secos, además de echarlos en nuestros platos y darles su inconfundible sabor, debemos saber que es un antibiótico natural, es decir, que mata hongos y bacterias.  Ayuda con nuestras arterias, contra el colesterol, vías respiratorias, el reumatismo, el cáncer, la depresión e incluso aumenta el nivel de insulina. Es el ingrediente de moda en la medicina natural y un clásico obligado en nuestra alacena. Eso sí, mejor crudo que cocinado ya que pierde el 90% de su magia.

Rafael Jordá